GEORG TRAKL POEMAS PDF

El verde del verano se ha tornado tan leve, tu rostro de cristal. En el estanque de la tarde mueren las flores lanza el mirlo un grito de miedo. Vana esperanza del vivir. En la casa las golondrinas se aprestan al viaje el sol de hunde entre los verdeantes alcores, la noche se apresta a su viaje de estrellas. Sosiego en las aldeas.

Author:Zulkikora Gardalar
Country:Burundi
Language:English (Spanish)
Genre:Medical
Published (Last):3 June 2015
Pages:478
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ISBN:918-6-23937-567-1
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Bajo los sauces recortados, donde los nios marrn estn jugando Y las hojas caen, el blow. A trompetas temblor de los cementerios. Banderas de cascabel roja a travs de una tristeza de arce los rboles, Los corredores a lo largo de los campos de centeno, molinos vacos. O pastores cantan durante la noche, y paso a los ciervos delicadamente En el crculo de su fuego, el dolor de Grove inmensamente viejo, Baile, que asoman de un muro negro; Banderas de color escarlata, la risa, la locura, las trompeta HUMANIDAD La humanidad antes de colocar artefactos explosivos, Un redoble de tambor, frente guerreros oscuros, Comenz por la bruma de sangre, los anillos de hierro negro, La desesperacin, la noche triste en el cerebro: Aqu la vspera de la sombra, y el dinero de roja caza.

Las nubes, los saltos de luz a travs del sacramento. Vive en el pan y el vino un silencio suave Y los que estn reunidos en nmero de doce Por la noche duermen en el santuario bajo las ramas del olivo; Santo Toms mete la mano en Wundenmal. Traduccin de Rodolfo Modern Hay un campo de rastrojos donde una negra lluvia cae. Hay un rbol pardusco que se yergue solitario. Hay un viento susurrante que abraza las chozas vacas. Que triste este atardecer. De paso por el casero, recoge an la dulce hurfana escasas espigas.

Sus ojos pacen redondos y dorados en el crepsculo, y su seno aguarda al prometido celestial. Al regreso hallaron los pastores el dulce cuerpo descompuesto en el zarzal. Una sombra soy lejos de lgubres aldeas. El silencio de Dios. Mi frente pis un fro metal. Araas buscan mi corazn. Hay una luz, que se extingui en mi boca. De noche me hall en un pramo lleno de inmundicias y polvo de las estrellas. Entre los avellanos Sonaban de nuevo ngeles de cristal.

Infancia Colmada de frutos de saucos, tranquila moraba la infancia en una cavidad azul. Sobre un sendero desaparecido, donde ahora silba pardusca la hierba silvestre, medita el quieto ramaje; el murmullo de las hojas. Un pastor sigue mudo al sol, que rueda desde la colina otoal. Un instante azul es slo ms fuerza del alma. En el lindo bosque se muestra un temeroso venado, y apaciblemente descansan en el fondo de las viejas campanas y los pueblos sombros.

Ms piadosamente conocs el sentido de los aos oscuros, frescura y otoo en aposentos solitarios, y en el azul sagrado siguen sonando pasos luminosos. Levemente cruje una ventana abierta. A llanto mueve la vista del ruinoso cementerio en la colina, recuerdo de leyendas narradas: pero a veces se ilumina el alma cuando piensa en seres felices, los das primaverales de oro oscuro.

Martn Heidegger a propsito del poeta: Todo gran poeta poetiza a partir de una nica poesa. Su grandeza se mide por el grado de fidelidad a ella. La poesa del poeta queda inexpresada. Ninguna de sus Poesas, ni siquiera la totalidad de ellas, lo dice todo. Y, sin embargo, cada poema habla desde la plenitud de una nica poesa, y es a esta a que siempre expresa. Atardecer ha mucho transcurrido, que ahora desciende por las gradas del musgo; noviembre.

Una campana toca y el pasto conduce una tropa de caballeros negros y alazanes a la aldea. Bajo el avellanar el verde cazador destripa a un venado. Sus manos humean con sangre y la sombra del animal gime en el follaje sobre los ojos del hombre, parda y silenciosa; en el bosque. Cornejas, que se dispersan; tres. Su vuelo semeja una sonata, llena de acordes desvanecientes y de viril tristeza; suave se disuelve una urea nube. Junto al molino muchachos encienden un fuego. La llama es hermana del ms plido, que re sepultado bajo su cabello purpreo; o bien es un sitio para el asesinato, al que un sendero pedregoso lleva.

Las bayas han desaparecido, y aos seguido suea en un aire plomizo bajo los pinos; miedo, verde oscuridad, el gorgoteo de un ahogado: del estanque estrellado un pescador extrae un gran pez negro, la cabeza llena de crueldad y locura.

Las voces del junco, hombres riendo a sus espaldas, balancendose aqul en roja barca sobre las aguas heladas del otoo, viviendo en las oscuras leyendas de su estirpe, y se petrifican los ojos abiertos a las noches y a los terrores virginales.

Mal Qu te obliga a permanecer inmvil sobre la escalera ruinosa, en la casa de tus mayores? Plomiza negrura, Qu sostienes con mano plateada ante los ojos, y por qu los prpados caen como ebrios por la amapola?

Pero a travs del muro de piedra contemplas el cielo estrellado, la Va Lctea, a Saturno: rojo. Furiosamente golpea contra el muro de piedra el rbol desnudo. T, sobre peldaos ruinosos: rbol, astro piedra.

T, un animal azul que tirita en silencio; t, el plido sacerdote que lo sacrificas en el negro altar. Oh, tu risa en la tiniebla, triste y maligna, que hace palidecer a un nio dormido. Una roja llama brot de su mano y una mariposa nocturna se quem en ella. Oh, la flauta de la luz; oh, la flauta de la muerte. Qu te oblig a permanecer inmvil sobre la escalera ruinosa en la casa de tus mayores?

Abajo en el portal un ngel golpea con dedos cristalinos. Oh, el infierno del sueo; oscura callejuela, pardo jardincillo. Suave tae en el atardecer azul la efigie de los muertos. Verdes florecillas se enlazan a su alrededor y su rostro lo han abandonado. O bien se inclina plido sobre la fra frente del asesino en la oscuridad del zagun.

Adoracin, llama purprea de la voluptuosidad, agonizando se precipit el durmiente por negros peldaos en la tiniebla. Alguien te abandon en la encrucijada y miras largamente atrs. Pasos argnteos a la sombra de pequeos manzanos raquticos. Purpreo brilla el fruto en negro ramaje y en la hierba muda la serpiente su piel. Oh, lo oscuro! T, tierra an desierta, rosadas islas surgen encantadas de las plidas nubes de tabaco, y desde el interior recoge el grito salvaje de un grifo, cuando caza entre negros acantilados en el mar, la tormenta y el hielo.

T, un metal verde, y dentro un rostro ardiente que quiere desaparecer y cantar los tiempos tenebrosos de la sea colina y la cada llameante de un ngel. Oh, desesperacin, que con grito sordo cae de rodillas!

Un muerto te visita. Del corazn fluye la sangre derramada por uno mismo y en la oscura ceja anida un instante inexpresable; oscuro encuentro. Tu, una luna purprea, cuando aquel aparece en la verde sombra del olivo. A esto sigue noche imperecedera. Cancin de Occidente Oh, vuelo nocturno del alma; como pastores fuimos otrora hacia bosques crepusculares, y nos seguan el rojo venado, la verde flor y el manantial balbuciente con humildad.

Oh, la meloda antiqusima del grillo, sangre floreciendo en el altar de los sacrificios, y el grito del ave solitaria sobre la verde calma del estanque. Oh, cruzadas y ardientes martirios de la carne, cada de frutos purpreos en el jardn crepuscular, por donde en otros tiempos pasaron los piadosos discpulos, guerreros ahora, despertando de heridas y sueos estrellados. Oh, el dulce manojo de ancianos por la noche.

Oh edades de silencio y ureos otoos, cuando nosotros, monjes apacibles, prensbamos la uva purprea; y en torno brillaban colina y bosque. Oh, caceras y castillos; quietud del atardecer cuando el hombre meditaba en su aposento acerca de lo justo o con muda oracin combata por la cabeza viviente de Dios Oh la amarga hora del ocaso, cuando contemplamos un rostro ptreo en negras aguas. Pero resplandecientes abren sus prpados argnteos los amantes: una estirpe. Incienso mana desde almohadones, rosados, y el dulce canto de los resucitados.

Ao Oscura calma de la infancia. Bajo fresnos reverdecidos apacenta la suavidad de la mirada azul; urea quietud. Algo oscuro se extasa en el perfume de violetas; espigas que se balancean al atardecer, soles y las ureas sombras de la tristeza. Labra vigas el carpintero; en el valle crepuscular muele el molino; entre el follaje del avellano una boca purprea se curva, rojamente se inclina lo masculino sobre aguas calladas. Silencioso es el otoo, el espritu del bosque; urea nube sigue el solitario, la negra sombra del nieto.

Atardecer en el cuarto de piedra; bajo viejos cipreses formaron una fuente las imgenes nocturnas del llanto. Cancin del solitario Pleno de armonas es el vuelo de las aves. Los verdes bosques. Lo oscuro atena el murmullo del arroyo, las hmedas sombras y las flores del esto, que suenan bellas al viento. Ya anochece sobre la frente del hombre pensativo. Y alumbra una lamparilla, lo bueno, en su corazn, y la paz de la cena; porque las manos de Dios, y te contempla desde ojos nocturnos silencioso el hermano, que pueda descansar del peregrinaje espinoso.

Oh, vivir en el azul animado de la noche. Amoroso abraza tambin el silencio en el cuarto las sombras de los antepasados, los tormentos purpreos, queja de una magna estirpe, que piadosamente se extingue ahora en el nieto solitario. Porque siempre ms resplandeciente despierta de los negros minutos de la locura el paciente en el umbral de piedra; y lo abrazan poderosamente la frescura azul y el lumi noso fin del otoo, la casa silenciosa y las leyendas del bosque, medida y norma y las sendas lunares de los solitarios.

El sueo benditos son pan y vino por Os maldigo, oscuros venenos,.

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